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Relatia Podcast

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Written by: Relatia.es
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Relatia.es es la plataforma donde los jóvenes escritores dan vida a sus historias. En este podcast escucharás cuentos originales creados por estudiantes de todas las edades: aventuras, fantasía, misterio y mucho más. Cada episodio es un cuento completo o un capítulo narrado, nacido de la creatividad y el trabajo colaborativo en el aula. Descubre el talento de la próxima generación de escritores. Ideal para familias, educadores y amantes de la literatura infantil y juvenil.Relatia.es Art
Episodes
  • El Club de los Mapas Perdidos
    May 6 2026

    Pablo tenía ocho años y una costumbre que sus amigos consideraban un poco rara: le encantaba la biblioteca. No los libros de texto del colegio, sino los libros viejos con tapas duras y páginas que olían a aventura. La biblioteca municipal de su ciudad, Salamanca, era su lugar favorito del mundo. Una tarde de miércoles, mientras buscaba un libro sobre piratas en la sección de historia, un papel doblado cayó de entre las páginas de un libro enorme titulado «Crónicas de Salamanca, 1752». Pablo lo recogió del suelo y lo desdobló con cuidado. Era un mapa. Un mapa dibujado a mano con tinta marrón sobre un papel grueso y amarillento. Mostraba las calles de Salamanca, pero no la Salamanca moderna. Era una Salamanca antigua, con edificios que Pablo no reconocía y calles con nombres diferentes. En el centro del mapa había una estrella roja dibujada sobre un edificio con la inscripción: «Aquí descansa el tesoro de los estudiantes.» —¡Un mapa del tesoro! —exclamó Pablo sin poder contenerse. —¡Chisss! —le mandó callar la bibliotecaria, doña Esperanza, una señora con gafas redondas que parecía tener cien años pero se movía como si tuviera treinta. Pablo guardó el mapa en su mochila con el corazón latiendo a mil por hora. Al salir de la biblioteca, corrió a buscar a sus dos mejores amigas: Nora, que sabía todo sobre historia porque su madre era profesora en la universidad, y Jimena, que era la más valiente y siempre llevaba una lupa en el bolsillo «por si acaso». Las encontró en el parque, sentadas en su banco favorito. —Tenéis que ver esto —dijo Pablo sin aliento, desplegando el mapa sobre el banco. Nora se ajustó las gafas y se inclinó sobre el mapa con fascinación. —Este mapa es del siglo dieciocho. Mirad el estilo de los dibujos y la tinta. Es auténtico. Jimena sacó su lupa y examinó la estrella roja. —«El tesoro de los estudiantes» —leyó—. Salamanca siempre ha sido una ciudad de estudiantes. ¿Qué tesoro esconderían? —Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Pablo con una sonrisa enorme. Aquella tarde, en aquel banco del parque, nació el Club de los Mapas Perdidos. Su primera misión: encontrar el tesoro escondido en su propia ciudad.

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    15 mins
  • El Jardín Secreto de las Mariposas
    May 4 2026

    Sofía tenía seis años y medio, y sabía contar hasta mil, aunque nunca lo había hecho entero porque siempre se distraía al llegar al trescientos. Aquel lunes, mientras el resto de su clase hacía fila para entrar al comedor, Sofía vio algo brillante entre los arbustos del patio trasero. Era una mariposa azul, más grande que su mano, con las alas cubiertas de puntitos dorados. — ¡Qué bonita! — susurró. La mariposa agitó las alas como si la hubiera oído y voló despacio hacia la tapia del fondo. Sofía miró a ambos lados. Nadie la observaba. Dejó su mochila junto a la pared y siguió a la mariposa. Detrás de la tapia, escondido entre hiedras y madreselvas, había un agujero en la pared justo del tamaño de una niña pequeña. Sofía se agachó y pasó al otro lado. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Era un jardín. Pero no un jardín cualquiera. Las flores eran enormes, del tamaño de paraguas, y brillaban con colores que Sofía no sabía nombrar. Había rosas que parecían de cristal, girasoles con pétalos de terciopelo morado y margaritas tan blancas que resplandecían como pequeñas lunas. Y las mariposas… había cientos. De todos los tamaños y colores: rojas, verdes, naranjas, algunas con rayas como los tigres y otras con lunares como las mariquitas. — Bienvenida, Sofía — dijo una voz suave. Sofía dio un salto. La mariposa azul se había posado en un girasol morado, justo a la altura de sus ojos. — ¿Tú… tú hablas? — tartamudeó. — Todas hablamos — respondió la mariposa con una risita que sonaba como campanillas —. Me llamo Celeste. Llevamos mucho tiempo esperándote. — ¿Esperándome? ¿A mí? — Sofía se señaló a sí misma, confundida. — A alguien que pudiera vernos y oírnos. Los adultos ya no pueden. Y la mayoría de los niños tienen demasiada prisa. Pero tú te has parado a mirar. Eso es lo más importante. Sofía no entendía muy bien qué pasaba, pero el jardín era precioso y Celeste parecía simpática. Entonces se fijó en algo que no estaba bien: al fondo del jardín, un pequeño arroyo que debería tener agua estaba completamente seco. Las piedras del fondo se veían polvorientas y las flores cercanas tenían las hojas arrugadas. — ¿Qué le ha pasado al arroyo? — preguntó. — Eso es lo que necesitamos que descubras — dijo Celeste, y sus alas perdieron un poco de brillo —. Sin agua, el jardín morirá. Y si el jardín muere, todas nosotras desapareceremos. Sofía tragó saliva. Aquello sonaba muy serio para una niña de seis años y medio. Pero miró las flores luminosas, las mariposas de colores y el arroyo vacío, y supo que tenía que ayudar. — ¿Por dónde empiezo? — preguntó, decidida. Celeste batió las alas con alegría. — Sígueme. Te presentaré a alguien que conoce cada piedra de este arroyo.

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    13 mins
  • El Faro de las Estrellas Perdidas
    May 2 2026

    Mara siempre supo que el faro de Punta Serena era especial. No porque fuera el edificio más alto del pueblo, ni porque su luz girara como un ojo vigilante sobre el mar oscuro. Era especial porque, algunas noches, si te quedabas muy quieta y escuchabas con atención, podías oír cómo el faro cantaba. Su abuela Consuelo se lo había contado muchas veces: el faro no solo guiaba a los barcos, también guiaba a las estrellas. Cuando una estrella se cansaba de brillar y caía al mar, la luz del faro la encontraba entre las olas, la envolvía en su resplandor dorado y la devolvía suavemente al cielo. —Tonterías de viejos —decía su hermano mayor, Lucas, que con once años se creía demasiado grande para los cuentos. Pero Mara, de nueve años, sabía que su abuela nunca mentía. Además, ella misma había visto una vez, justo antes del amanecer, un hilo de luz subir desde la punta del faro hasta perderse entre las últimas estrellas. Aquella noche de octubre todo cambió. Mara estaba leyendo en su habitación cuando una lluvia de destellos cruzó la ventana. Salió al balcón y lo que vio la dejó sin aliento: decenas de estrellas caían al mar como lágrimas de fuego. Una, dos, cinco, diez… el cielo se vaciaba. Miró hacia el faro. Estaba apagado. —¡Lucas! —gritó, corriendo al cuarto de su hermano. Pero Lucas ya estaba en la ventana, con los ojos muy abiertos. —Eso no es normal —murmuró. No, no lo era. Y los dos lo sabían.

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    9 mins
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