Episodes

  • José Antonio Ramírez Lozano: Avellanas
    Oct 12 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Cello suite 1 Youtube.com El viejo que les daba a las ardillas de comer en Hyde Park bajaba cada día con la misericordia del pan duro y sus bolsillos llenos de avellanas. Llegaba de Bushey donde vivía con una hija muda y su mujer, bordadora de oficio que soñaba cada noche de luna con la resurrección horrible de la carne. No infundía sospecha. Los viajeros del tren no suponían su claro ministerio, la deuda de la vida con su oficio, su bienaventuranza. Andaba sin la urgencia de la ambición. Se santiguaba al entrar en el parque y sacudía su bolsillo repleto de avellanas lo mismo que una esquila, ese ancestral reclamo con que el fruto convoca los impulsos de las parvas criaturas. Las ardillas, solícitas, acudían voraces a su encuentro como un relente, un signo de extraña confianza con que la tierra les pagara así su dulce mansedumbre. Se sentaba en el césped. Se dejaba registrar los bolsillos en un gesto de entrega y así pasaba la mañana, hecho naturaleza viva, repartiendo sus dones a las viejas ardillas de Hyde Park sin nada a cambio. La orfandad del asfalto, la oscura deserción de las raíces, hizo virtud de un gesto tan tierno y cotidiano. Dios guarde a las ardillas muchos años y nos conceda el fruto con que ejercer nuestra misericordia. Dios guarde un hombre puro entre los hombres que baje cada día a Hyde Park y sólo con un simple puñado de avellanas salve al mundo de su negro destino. De RAIZ DE LA MATERIA, 2011.
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    2 mins
  • Joaquín Márquez: El jarrón
    Oct 8 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Tárrega_Adelita Youtube.com El viajero recuerda que aquel jarrón azul que se hizo añicos no tuvo sangre. Cayó como una flor de lluvia, hasta que el suelo abrió sus gotas en añil, mostrando las desnudeces del vacío. Breve granada de color, y una estampida de ciegos saltamontes. Después silencio y barro en estrellas sin norte —igual que antes de que Dios nos tocara—. No resultó difícil congregar su pasmado firmamento. Cuando alguien, al barrer, se llevó aquellos trozos desahuciados sin que se descubriera el embrión de un grito, giró sobre el instante un tenue escalofrío; como el ala de algún presentimiento. (Quién sabe si la prisa de aquel momento oscuro se llevó a la basura un hermanastro azul que no tuvimos).
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    1 min
  • Mario Benedetti: Terapia de soledad
    Oct 2 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Querido mío: Aquí estoy, en mi isla, que no es exactamente eso, ya que no está rodeada de mar sino de vegetación, de árboles, de campo propiamente dicho. Pero es una isla en un sentido espiritual. Aunque tampoco es eso, ya que estoy rodeada de lejanas presencias y cercanas ausencias, del recuerdo de otros y de las corrientes de mi propia memoria. ¿Te parezco complicada? Puede ser. Bien sabés que de un tiempo a esta parte sentía la necesidad de aislarme, de reencontrarme con mi soledad perdida (¡Marcel Proust viejo y peludo!). Por suerte lo entendiste y te confieso que esa comprensión aumentó mi amor (y también mi respeto) hacia vos. Estoy convencida de que el respeto por la soledad del ser amado es una de las menos frecuentes pero más entrañables formas del amor, ¿no te parece? Creo que los diez años de bien llevado matrimonio precisaban de esta afirmación de nuestras dos identidades. Es un regalo del destino que seamos tan distintos, algo que nos habilita a descubrirnos casi a diario, a que cada uno celebre en su fuero interno el hallazgo del otro. Esto de «fuero interno» siempre me ha parecido una contradicción gastada, inadecuada e inútil. «Fuero» es tan parecido a «fuera» (ya sé que vienen de etimologías distintas) e «interno» tan cercano a «intimidad». Esa expresión, «fuero interno», ¿habrá querido expresar en sus orígenes una intimidad hecha pública, volcada hacia fuera, o sea lo contrario de lo que hoy significa? Pero retomo el hilo de mi sabia reflexión. Seré caótica pero no tarada. Una pregunta indiscreta: ¿cómo te sentís sin mí? ¿Rodeado, como es habitual, de trabajo, de amigos leales y desleales, y también de mujeres guapas y guapísimas? Dada esa circunstancia, tendría buenos motivos para mis celos. Pero para mi condena, no soy celosa. Ah, no te ilusiones, puedo serlo. Vos en cambio no tenés ninguna razón para los celos, ya que aquí no estoy rodeada de hombres guapos, sino de pinos, eucaliptus, ranas canoras, amaneceres y crepúsculos, y, en ocasiones, de un silencio nocturno tan compacto que a veces me despierta y hasta me desvela, tan habituados estamos al ruido enloquecedor, cercano o lejano, de las ciudades. Sólo en algunos insomnios me acompañan los grillos, cuya monotonía coral me los confirma como precursores del canto gregoriano. ¿No estarás celoso de los grillos, verdad? Te aclaro que su pequeñez los hace invisibles, así que ni siquiera sé si son guapos (como grillos, claro). Supongo que también entre ellos habrá cánones de belleza; que habrá grillos equivalentes a Robert Redford y otros feos como Peter Lorre. Lo cierto es que, dormida o despierta, he estado haciendo balance de mí misma. No te voy a contar, por ahora, cuál es el saldo. Para hacerlo, tengo que decírtelo en la cama, desnudo vos y desnuda yo, después de fornicar como Dios manda, mirándote a los ojos para que esos ojos tuyos me vayan comunicando tu respuesta o al menos tu comentario. Todavía creo (te lo dije hace mucho, cuando ya vivíamos juntos pero no habíamos cometido el pecado venial de casarnos) que nuestro mejor diálogo ha sido el de las miradas. Las palabras, consciente o inconscientemente, a menudo mienten, pero los ojos nunca dejan de ser veraces. Si alguna vez he pretendido mentir a alguien con la mirada, los párpados se me caen, bajan espontáneamente su cortina protectora, y ahí se quedan hasta que yo y mis ojos recuperamos la obligación de la verdad. Con las palabras todo es más complejo, pero aun así, si las palabras tratan de engañar, los ojos suelen desmentir a la boca. Retomando de nuevo el hilo conductor, te diré que la soledad es como un tónico y también una cura de modestia. Un tónico porque, con tanto tiempo y espacio para reflexionar, una va detectando qué sirve y qué no sirve en los recovecos del alma propia. Y cura de modestia, porque en la estricta soledad no tienen cabida los halagos fallutos, ni los mimos a la vanidad, ni siquiera (no es mi caso) el perdón de los confesionarios. Mi soledad está además poblada de pájaros. Siempre he sido una analfabeta en cuanto a ornitología, de modo que jamás pude ni podré diferenciar el canto de una calandria del de un zorzal, el monólogo de un mirlo del de un jilguero, y en este tramo de mi vida no pienso especializarme en ciencia pajarera, de modo que he decidido ponerles nombres. Verbigracia: a uno de esos cantautores alados lo llamo Fabricio; a otro, Segismundo; a otro, Venancio; a otro más, Rigoberto. Lo cierto es que cuando los llamo por los nombres de mi particular nomenclatura, ellos me responden con una parrafada de trinos. … Querido: retomo esta carta una semana después de la parrafada de trinos. Ya llevo más de un mes en mi isla verde. Se me ocurre que ya he reflexionado lo suficiente y además he empezado a extrañarte de una forma casi enfermiza. Así como antes ...
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    8 mins
  • Miguel Hernández: Sed
    Sep 21 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Elgar_Salut d'amour Youtube.com La encuentro junto a la puerta mirando los horizontes: tiene en la mirada abierta, hundida toda la huerta febril de luz cual los montes. Me acerco con un saludo a su vera, y ríe pura, dejando ver en el nudo rojo de su boca, el mudo verso de su dentadura. -Zurce en tanto su fermata en un chopo un verderol, y una corriente de plata en su temblor desbarata la hirviente esfera del sol-. Con ansia a la moza ruego agua que calme mi sed: ¡bebed!, dice con sosiego su lengua, y dicen con fuego sus anchos ojos: bebed... Y de sus manos tomo una limpia cantarilla, que al rezumar por el lomo en arco, tal como un pomo de hervorosas luces brilla. Hasta los labios me llevo del agua fresca una palma; otra más; y otra de nuevo. Pero por mucho que bebo, mi ardiente sed no se calma. Mi sed en el alma va... La moza no lo comprende: sonriendo casta esta, y ella es la que sed me da porque ella es la que me enciende. -Y allá, muy lejos, la audacia de un ciprés gana la altura, y aquí, muy cerca, una acacia, florece plena de gracia, florece llena de albura. Doyle a la cándida moza la cántara ya vacía, y huyo lejos de la choza porque mi pecho destroza aumentando la sequía. Que está muy azul el cielo, muy sonoro el verderol, muy tranquilo el arroyuelo, muy cálido y verde el suelo. Que están los aires muy flojos y la cigarra muy loca... Y baten fuego sus ojos y esplenden rojos, muy rojos, los rasguños de su boca. Por eso escapo a la huerta febril de luz cual los montes, y me la dejo en la puerta con la mirada despierta besando los horizontes.
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    3 mins
  • Héctor Camarillo: Nuestro invitado
    Sep 14 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Lo recuerdo bien, fue después de discutir con mis padres y desear su muerte. Corrí hasta mi habitación, hice a un lado las plegarías e insulté al divino sin cuidado. Me quedé dormido entre sollozos. La noche siguiente lo vi por primera vez. Mis padres lo habían traído. Cuando vi su rostro, el mío se descompuso. Su nariz afilada parecía husmear en cada rincón del departamento. Sus ojos grises, apagados, penetrantes, podían escarbar en mi alma. Y esa sonrisa…. esa maldita sonrisa, tensa, sin despegar los labios, parecía saber algo, quién sabe qué. El departamento no era tan pequeño: una sala-comedor, cocina, baño y nuestras habitaciones. La del fondo, al final del pasillo junto al baño, la adaptaron para él. «Pasará unos días con nosotros, sé amable y educado…», dijo mi padre. Su presencia me inquietaba, me ponía la piel de gallina. Desde que llegó, el ambiente se tornó pesado, opresivo, como si su oscuridad me acechara, sin siquiera mirarme. Durante las siguientes noches no pude pegar los ojos. Una tarde, mientras dibujaba en mi restirador, sentí su presencia detrás de mí. Me quedé inmóvil, no quise voltear. Su respiración, pesada y entrecortada, inundaba el cuarto. De reojo, lo vi: parado junto a mi cama, me observaba como si quisiera devorarme… hacerme algo mucho peor. Grité. Mi voz desgarró el silencio y mamá corrió desesperada. «¡Llévatelo, por favor, llévatelo! Estuvo aquí conmigo». El cansancio y la desesperación terminaron por romperme. «¿De qué hablas? Él tiene prohibido abandonar su cuarto…», mi madre, enojada, azotó la puerta. Por las noches escuchaba sus pasos arrastrarse a lo largo del pasillo. Se detenía frente a mi puerta, la raspaba suave con sus uñas, parecía un aviso. Desde mi cama veía la silueta de sus pies moverse en el umbral, mientras su sombra, inquieta, buscaba la forma de colarse bajo mis sábanas. Una pesadilla eterna, tangible, que me hacía vivir despierto. La única vez que pude conciliar el sueño, comenzó a chillar. Eran lamentos de una bestia encadenada, hambrienta, sin intenciones de callarse. Si él lograba salir de su habitación, yo estaría perdido. Me escondí entre las cobijas y enterré mi cabeza bajo la almohada. Mi garganta, paralizada, me impidió gritar. Temblaba. Cada músculo de mi cuerpo se sentía frágil, como si una enfermedad me devorara por dentro. Estaba harto, desesperado. Tripliqué mis oraciones, recité cada palabra como un mantra. Pedí perdón hasta el cansancio, la redención no parecía llegar. Sabía que ese castigo era un regalo del de arriba, un precio que debía pagar por mis injurias. En verdad estaba muy arrepentido. «Tu madre y yo saldremos de viaje mañana. Vendrá la abuela a cuidarte…» Cuando la abuela cruzó la puerta principal, su rostro reflejó desconcierto. Vi cómo los vellos de sus brazos se erizaban. De cierta manera, lo sabía. Me abrazó con fuerza y me susurró al oído: «Alardea frente a Dios y rendirás cuentas con el diablo». Sus palabras me zarandearon, no supe qué responder ni cómo reaccionar. ¡Por fin, alguien me entendía! El viaje de mis padres se demoró dos días más. La abuela se debilitaba, me aseguró haberlo visto, escuchado. «Tenemos que deshacernos de él», dijo. Traté de no pensar en ello, me atormentaba; sin embargo, era lo mejor. Esa misma noche hubo un apagón. La abuela encendió unas velas, pero su luz era débil, incapaz de despejar la penumbra. Aun con las ventanas cerradas, las puertas se azotaron con ira. La temperatura descendió bruscamente, congeló el tiempo. Tomé la mano de mi abuela y caminamos por el pasillo, precavidos. Las sombras se transformaron en rostros siniestros de miradas incisivas que nos apuñalaban con cada paso. Cruzamos las demás habitaciones para refugiarnos en el baño. Silencio. La abuela agarró la navaja de afeitar de mi padre y bañó su pañuelo en agua bendita. Me dijo: «Cierra los ojos». Me guió por el camino y nos detuvimos en la puerta de su habitación. Escuché crujir la madera y, al adentrarnos, la oscuridad nos envolvió. Oí a mi abuela rezar, me uní a ella; él comenzó a gemir. Un golpe seco resonó en el suelo, seguido de varias carcajadas que hicieron eco en el cuarto. Me tapé los oídos. De pronto, todo quedó en silencio. «Por lo que más quieras, no abras los ojos». Su voz me rozó la espalda y un escalofrío me sacudió los huesos; esa no era la voz de mi abuela.
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    7 mins
  • Miguel Hernández: Oda al vino
    Sep 7 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Beethoven_Moonlight Sonata Youtube.com A lluvia de calor, techo de parras, a reposo de pino, actividad de avispas y cigarras en el sarmiento fino, cuerda de pompas y sostén de vino. Morada episcopal, la cepa nimia, bajo la luz levante, en situación se pone la vendimia, luciendo a cada instante racimos en estado interesante. India del grano, asociación del lujo, vinícola paisaje, como un mediterráneo sin reflujo, ni flujo ni oleaje, sólo esplendor y espuma de ramaje. Pronto se besarán en la banasta, nido por coincidencia, hasta que diga el pie bailable: ¡basta! las uvas: concurrencia, asiduidad de peso y transparencia. Les concede sazón en su mañana la Virgen del Carmelo: pronto la ubre oro y la de grana enviscarán el suelo de moscatel y tinto caramelo. Al vino ya la tumba de madera le prepara su fondo; el vaso su torreón, su vinajera la misa, el cáliz mondo: ! triunfo y consagración de lo redondo! Lo calzarán las botas, a las cuales, si aspecto da, despega: latidos de las vides y costales, palpitación y entrega al archivo mayor de la bodega. Subterráneo pantano de los vinos, y camposanto oscuro con cruz de grifo y muertos extrafinos, corno un dulce seguro de fontanas de pino y vino puro, ¡Qué agrado será allí verle cubierto, hacerse espeso anciano, impedido de árbol como el muerto, redondo como el grano, pistola, por el grifo, herir la mano! Llave del vino, sexo que atraganta la mano tabernera: grifo corriente, y no, freno que canta y calla, y no, y espera, y sangra geometrías de madera. ¡Qué regalo beberlo con aroma y calidad de higo, sobre carácter de panal y goma, y un cirineo amigo buscar para el error, la duda digo! Líquidamente rubios, genuflexos, como los amarantos y las corbatas, tornará los sexos, y hará doctores, ¿cuántos?, consultores de esquinas y de cantos. Como si fuera el Santo Sacramento lo alzaré en los manteles, o el Espíritu Santo del tormento en figura de mieles, o la Transformación de los claveles. Calentará como un rojo solsticio el hueso de mi frente, y seré, con su carga, sin mi juicio, no el yo de diariamente, sí otro loco mejor y diferente.
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    3 mins
  • Gabriel García Márquez: El verano feliz de la señora Forbes
    Aug 31 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Brahms_Sinfonía 3 en Fa mayor Youtube.com Por la tarde, de regreso a casa, encontramos una enorme serpiente de mar clavada por el cuello en el marco de la puerta, y era negra y fosforescente y parecía un maleficio de gitanos, con los ojos todavía vivos y los dientes de serrucho en las mandíbulas despernancadas. Yo andaba entonces por los nueve años, y sentí un terror tan intenso ante aquella aparición de delirio, que se me cerró la voz. Pero mi hermano, que era dos años menor que yo, soltó los tanques de oxígeno, las máscaras y las aletas de nadar y salió huyendo con un grito de espanto. La señora Forbes lo oyó desde la tortuosa escalera de piedras que trepaba por los arrecifes desde el embarcadero hasta la casa, y nos alcanzó, acezante y lívida, pero le bastó con ver al animal crucificado en la puerta para comprender la causa de nuestro horror. Ella solía decir que cuando dos niños están juntos ambos son culpables de lo que cada uno hace por separado, de modo que nos reprendió a ambos por los gritos de mi hermano, y nos siguió recriminando nuestra falta de dominio. Habló en alemán, y no en inglés, como lo establecía su contrato de institutriz, tal vez porque también ella estaba asustada y se resistía a admitirlo. Pero tan pronto como recobró el aliento volvió a su inglés pedregoso y a su obsesión pedagógica. —Es una murena helena —nos dijo—, así llamada porque fue un animal sagrado para los griegos antiguos. Oreste, el muchacho nativo que nos enseñaba a nadar en aguas profundas, apareció de pronto detrás de los arbustos de alcaparras. Llevaba la máscara de buzo en la frente, un pantalón de baño minúsculo y un cinturón de cuero con seis cuchillos, de formas y tamaños distintos, pues no concebía otra manera de cazar debajo del agua que peleando cuerpo a cuerpo con los animales. Tenía unos veinte años, pasaba más tiempo en los fondos marinos que en la tierra firme y él mismo parecía un animal de mar con el cuerpo siempre embadurnado de grasa de motor. Cuando lo vio por primera vez, la señora Forbes había dicho a mis padres que era imposible concebir un ser humano más hermoso. Sin embargo, su belleza no lo ponía a salvo del rigor: también él tuvo que soportar una reprimenda en italiano por haber colgado la murena en la puerta, sin otra explicación posible que la de asustar a los niños. Luego, la señora Forbes ordenó que la desclavara con el respeto debido a una criatura mítica y nos mandó a vestirnos para la cena. Lo hicimos de inmediato y tratando de no cometer un solo error, porque al cabo de dos semanas bajo el régimen de la señora Forbes habíamos aprendido que nada era más difícil que vivir. Mientras nos duchábamos en el baño en penumbra, me di cuenta de que mi hermano seguía pensando en la murena. «Tenía ojos de gente», me dijo. Yo estaba de acuerdo, pero le hice creer lo contrario, y conseguí cambiar de tema hasta que terminé de bañarme. Pero cuando salí de la ducha me pidió que me quedara para acompañarlo. —Todavía es de día —le dije. Abrí las cortinas. Era pleno agosto, y a través de la ventana se veía la ardiente llanura lunar hasta el otro lado de la isla, y el sol parado en el cielo. —No es por eso —dijo mi hermano—. Es que tengo miedo de tener miedo. Sin embargo, cuando llegamos a la mesa parecía tranquilo, y había hecho las cosas con tanto esmero que mereció una felicitación especial de la señora Forbes, y dos puntos más en su buena cuenta de la semana. A mí, en cambio, me descontó dos puntos de los cinco que ya tenía ganados, porque a última hora me dejé arrastrar por la prisa y llegué al comedor con la respiración alterada. Cada cincuenta puntos nos daban derecho a una doble ración de postre, pero ninguno de los dos había logrado pasar de los quince puntos. Era una lástima, de veras, porque nunca volvimos a encontrar unos budines más deliciosos que los de la señora Forbes. Antes de empezar la cena rezábamos de pie frente a los platos vacíos. La señora Forbes no era católica, pero su contrato estipulaba que nos hiciera rezar seis veces al día, y había aprendido nuestras oraciones para cumplirlo. Luego nos sentábamos los tres, reprimiendo la respiración mientras ella comprobaba hasta el detalle más ínfimo de nuestra conducta, y solo cuando todo parecía perfecto hacía sonar la campanita. Entonces entraba Fulvia Flamínea, la cocinera, con la eterna sopa de fideos de aquel verano aborrecible. Al principio, cuando estábamos solos con nuestros padres, la comida era una fiesta. Fulvia Flamínea nos servía cacareando en torno a la mesa, con una vocación de desorden que alegraba la vida, y al final se sentaba con nosotros y terminaba comiendo un poco de los platos de todos. Pero desde que la señora Forbes se hizo cargo de nuestro destino nos servía en un silencio tan oscuro, que podíamos oír el borboriteo de la sopa hirviendo ...
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    34 mins
  • Rubén Darío: El rey burgués
    Aug 24 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Händel_Concierto para arpa y orquesta Youtube.com (Canto alegre) ¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre..., así como para distraer las hermosas y grises melancolías, helo aquí: Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el rey burgués. Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima. Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento. El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdita, que tenía a los lados leones de mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime amante de la lija y de la ortografía. ¡Japonerías! ¡Chinerías! Por lujo y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas. Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones! Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe. Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile. —¿Qué es eso? —preguntó. —Señor, es un poeta. El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, cenzontles en la pajarera; un poeta era algo nuevo y extraño. —Dejadle aquí. Y el poeta: —Señor, no he comido. Y el rey: —Habla y comerás. Comenzó: —Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfume, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós ...
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    14 mins