Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas
¿Alguna vez pensaste algo como esto?
“Yo intento ser bueno… pero la gente siempre me falla.” Esa frase, aunque no siempre la digamos en voz alta, vive en muchos corazones. Porque la desilusión es una de las experiencias más dolorosas que atravesamos como seres humanos. No llega de golpe como una tragedia inesperada. Llega cuando algo se rompe por dentro. Cuando confiamos. Cuando esperamos. Cuando creemos en alguien… y esa confianza no es correspondida. La desilusión casi siempre nace de una traición. Y no hablo solamente de grandes traiciones dramáticas. A veces es algo más silencioso: una promesa implícita que no se cumplió, una lealtad que esperábamos y no llegó, un apoyo que creíamos seguro y simplemente no estuvo. Cada vez que nos relacionamos con alguien, aunque no lo digamos explícitamente, construimos ideales. De un amigo esperamos compañía cuando nos vaya mal. De una pareja esperamos cuidado y respeto. De un trabajo esperamos reconocimiento y estabilidad. Es natural. El problema no es esperar. El problema aparece cuando esos ideales se rompen. Nos llegó el testimonio de una mujer —la llamaremos María Paula— que decía algo muy fuerte. Contaba que creció con el mandato de “honrarás a tus padres o Dios te castigará”. Pero esos mismos padres la abusaron, la maltrataron, la explotaron emocionalmente. Hoy mantiene un trato correcto con ellos. Es una buena persona. Pero el dolor de esa infancia sigue ahí. Porque cuando quienes debían proteger son quienes dañan, la desilusión no es superficial. Es profunda. Marca la identidad. La mayoría de las personas atraviesan un ciclo bastante repetido: ilusión, desilusión, nueva ilusión. Nos entusiasmamos con alguien, confiamos, nos abrimos. Luego llega la decepción… y con el tiempo volvemos a intentarlo, quizás con otra persona. Pero hay quienes, después de una herida muy grande, toman otra decisión: “Nunca más.” Nunca más confiar. Nunca más depender. Nunca más ilusionarse. Y así, para no volver a sufrir, levantan un muro. El problema es que ese muro no solo detiene el dolor. También detiene el amor. Y poco a poco la persona deja de vincularse. No porque no quiera amar, sino porque tiene miedo de volver a ser lastimada. Ahora bien, la desilusión no siempre es un enemigo. A veces es una señal de crecimiento. Cuando te desilusionas con alguien, con un trabajo o con una situación, puede estar ocurriendo algo más profundo: estás madurando. Estás comprendiendo que pusiste tu esperanza en el lugar equivocado. El problema no es ilusionarse. El problema es con quién, cómo y desde dónde nos ilusionamos. Muchas veces depositamos nuestra expectativa en personas que, simplemente, no pueden darnos lo que esperamos. Y no porque sean malvadas necesariamente, sino porque nadie puede dar lo que no tiene. Cuando entendemos eso, dejamos de personalizar todo. Dejamos de interpretar cada falla como un ataque directo. Y empezamos a elegir mejor dónde ponemos el corazón. Aquí es donde entra algo muy importante: una fe sana. No una fe ingenua. No una fe que niega la realidad. Una fe sana mueve la ilusión de la gente hacia la visión. Es decir, deja de depender de la aprobación o del comportamiento de otros y comienza a apoyarse en un propósito más profundo. Tu esperanza no puede depender de lo que otros vean de vos o de lo que opinen sobre tus circunstancias. “Te fue mal.” “Te echaron.” “Estás enfermo.” Eso es lo visible. Pero la visión es otra cosa. La visión es la capacidad de ver más allá del momento actual. Es entender que tu valor no cambia porque alguien te haya fallado. Ser buena persona no garantiza reciprocidad. Y aceptar eso no te vuelve frío; te vuelve realista. No todos actuarán como tú actuarías. No todos responderán como tú responderías. Pero eso no significa que tengas que dejar de ser quien eres. Significa que necesitas límites. Y los límites no son dureza; son sabiduría. Una fe madura te permite amar sin perderte. Dar sin vaciarte. Confiar sin entregarte ciegamente. Cuando dejas de buscar desesperadamente la aprobación de la gente, algo cambia dentro de ti. Ya no estás mendigando reconocimiento. Ya no necesitas que todos validen tu bondad. Y cuando eso ocurre, la gente pierde el poder de herirte con la misma intensidad. Tal vez la desilusión no vino a destruirte, sino a enseñarte dónde no poner tu identidad. Tal vez vino a mostrarte que tu valor no depende de la respuesta de los demás. Y tal vez, cuando comprendes eso, tu fe deja de ser frágil y se vuelve firme. Porque al final, crecer no es dejar de confiar. Es aprender a confiar con sabiduría.
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